Go to content Go to menu

Dadme valor

Tuesday, April 15, 2008

¡Valor, Señor¡ Dadme valor, para pedir la paz. Para no atacar a nadie que sea más débil que yo. Porque, para hacerlo, sabiéndome el más fuerte, no necesito valor. Sino cobardía y desprecio por el más débil

Para zanjar diferencias, siempre se puede hablar. Una vez más. Indagar las razones del contrario. Conocer qué lo mantiene en su sinrazón. Y recapacitar si lo asiste algún derecho. Atacar, cuando se está seguro de la propia victoria, no es de valientes. El fuerte también ha de serlo en sus razones. Razonar más, cuanto más fuerte sea. Para que no quepa duda de la fuerza de la razón.

La cobardía está en la búsqueda de la impunidad. No es más valiente el gigante que se jacta de aplastar más enanos. Solucionar problemas a cañonazos, no es lo más civilizado, en esta edad de razón y ciencia. Pretender gobernar el mundo, con sentimientos viscerales y egoístas, no puede crear un futuro sin rencores.
Intentar hacernos creer que las bombas se lanzan por amor al pueblo que las sufre, va demasiado lejos en la apreciación de nuestra idiotez. Si en algo son maestros los norteamericanos, es en el manejo de la propaganda. Pero, aún cuando Sadam Hussein fuese un sátrapa deleznable, digno de vivir en una mazmorra, el mundo no tiene dudas de que esa no fue la razón primaria del ataque a Irak. No nos envuelvan los misiles en papel de regalo. Queremos que se vean.

Irak ha sido la excusa, el envoltorio. El ataque real va dirigido contra las bases fundacionales de las Naciones Unidas y la Unión Europea. Que podrían ser un freno a las ambiciones imperiales de este mitómano visionario, que ha resultado ser el presidente norteamericano, para padecimiento del mundo. Lo más notable es, que diga inspirarse, para sus acciones bélicas, en la Biblia. Aunque, si lo miramos atentamente, todo el Pentateuco, podría inspirar la mayor apología de la guerra, jamás escrita. Siempre que la misma beneficie al Pueblo de Dios, claro está, los demás no son tenidos en cuenta. Más lamentable aún es el hecho de que, algunos políticos europeos, hayan contribuido, con su servilismo, a fortalecer al monstruo, que parece surgir de un complejo mundo de creencias mesiánicas. Debilitando, al mismo tiempo, la cohesión de la nonata Unión Europea. En este moderno caso de imperialismo naciente, parece que sí se paga a los traidores. Viven lujosamente.

Lo que va más lejos que las bombas sobre Bagdad y las otras capitales del Oriente Medio, incluidas en el proyecto de ampliación imperial, es la prepotencia adquirida por una nación que parece querer desbordar sus fronteras, con unas consecuencias imprevisibles. Esta guerra escalonada, paso a paso, es sólo un aviso a todos, para que reconozcamos la superioridad del más fuerte. No ayudemos a los fuertes a engrandecerse aún más, ya pueden hacerlo por sí solos. Roma no sólo paga traidores, los destruye. El amparo prestado en esta tarea por algunos políticos europeos, prometiendo incluso pedir impunidad a sus actos, si fuesen llevados ante el Tribunal Penal Internacional, podría significar tanto, como la firma del acta de defunción de la abortada Europa, y la jubilación definitiva de las Naciones Unidas.

Quien pretenda convertir la política en una ciencia, se equivoca. El político se puede servir de científicos para hacer valer su política, pero, sin ser él mismo un científico. El pensamiento científico se mueve siempre desde la duda. Llegando a la comprobación de las hipótesis a través de razonamientos, estudios y experimentos. El científico busca la verdad, a ser posible, absoluta. Al político no le importa la verdad de los otros. Sólo pretende hacer valer la suya. Parte de certezas asumidas, que se van adaptando a las circunstancias. Está más cercano al mundo de las creencias, aún cuando, para hacerlas valer, haya de servirse de técnicos, que ayuden a transformar sus ideas en realidades.

Cuando los políticos se escudan, además, en credos religiosos, para conseguir o conservar el poder, entonces participan de la magia mística. Lo que conlleva prescindir de la lógica, para adaptarse al momento mágico. La ocasión, la oportunidad, adaptarse y aprovechar el rito y la ceremonia, pasan a ser decisivos, en la vida de un político. Exprimir el momento es importante. Vivir la mística conlleva asumir sus defectos. El mayor defecto de cualquier sistema místico es su acriticismo. O, más bien, su aversión hacia todo lo que signifique un análisis crítico del pensamiento. Las teorías mágicas y místicas, dan los hechos por ciertos, sin más. Con la base y prueba de la fe, de la convicción. Esto, indudablemente, es la antítesis del pensamiento lógico. El progreso científico y económico, la acumulación de bienestar por la Humanidad, comenzó cuando los hombres de ciencia pudieron liberar sus estudios de condicionamientos mágicos, místicos y doctrinales. A más creencias, menos razonamientos.

El político es más un artista supersticioso. Creador, a veces, y actor de reparto las más. No puede buscar la verdad, porque ha de priorizar la eficacia. Y no puede partir de una verdad inamovible, porque la vida pública se la transformaría cada día. De ahí mi convicción de que la política no puede ser ciencia, ni doctrina estricta, sino arte vivo. Que, como el teatro, aún con mentiras, puestas en escena y trucos, o deformando la verdad, consiga hacer funcionar las cosas, aunque sólo sea en apariencia.

Por eso, aún cuando la religión tenga mucho de política, pues asienta las bases de convivencia de las personas, también la política tiene mucho de religión, puesto que se basa en creencias aplicables al buen gobierno de los pueblos. Puestas en escena y encantamientos, son válidos en ambas profesiones. No olvidemos que, en el comienzo de las civilizaciones, no hubo diferencias entre reglas políticas o religiosas. Todas tuvieron un mismo principio: la reglamentación de la convivencia en la tribu.

Ningún político sale del cargo, profesando la misma verdad con la que entró.
Quienes están a la cabeza de las organizaciones de creencias, no pueden ser fieles creyentes ellos mismos. Pues saben que, las creencias de los otros, se mueven en la dirección que se les dicte, desde la cúpula organizativa. El día a día, es un potente abrasivo de teorías. El pragmatismo, la aceptación de lo cotidiano, el solucionar problemas en cadena, se convierte en su vida. Las teorías políticas siguen siendo válidas, sólo para aquellos que nunca tuvieron que ponerlas en práctica.

Las ciencias han de ser lógicas. Las artes pueden hacer, de una práctica recta, una atractiva curva. Que nos parecerá más atractiva, al perder su fría rectitud práctica. Para avanzar, hay que escoger, dudar. Quien crea haber alcanzado la meta, ya no avanza. Las dudas son creativas, sirven para mejorar lo existente. Sin búsqueda no hay hallazgos, ni descubrimientos. La política es, y debe seguir siendo, una nave en la que se parte con un rumbo determinado, pero cuya marcha se adapta a los temporales que pueda encontrar en su ruta. Si no se llega al punto deseado, se acepta, como buena, la arribada al puerto seguro más cercano al ansiado. El ideal se adapta a la vida. Curvas y rectas pueden tener el mismo principio y fin. Sólo el rumbo posible difiere.

Cuando los pueblos migran, como sucede actualmente, olvidamos que no hacen algo desacostumbrado, que no se haya hecho a lo largo de toda la historia humana: migrar, emigrar, inmigrar, expandirse, mezclarse, transfundirse, desarrollarse, en fin, evolucionar. Hay que abrir caminos nuevos, cuando los viejos son insuficientes.

La Humanidad se ha formado, tal como es en la actualidad, a través de una sucesión de migraciones, buscando, siempre, mejoras.

Gracias a este instinto de conservación, ha progresado la raza humana. Buscamos un futuro mejor, recordando el pasado más precario. Cuando la internacionalización de rasgos y características sea también nuestro signo común, se producirá la transnacionalización de mentalidades. Algo que ya está empezando a engendrarse. El humano actual, guarda en sus genes la huella de sus antepasados. Somos el resultado de una mezcla de todos los continentes. Gracias a eso, la especie mejora. La selección natural hace que los más osados, los vencedores, triunfen. Reproduciéndose más y mejor. La búsqueda de lo ideal, no se puede parar. Esa es la esencia del progreso humano. Como ser individual y componente de la sociedad. No puede haber progreso, sin cambios. No hay razas humanas, la raza es una, con variantes y cambios constantes, concatenados. La evolución no se produce a saltos, sino de forma continuada, paulatina.

Las guerras entre pueblos cesarán, cuando la identidad del individuo se traslade a su capacidad de dedicación y esfuerzo mental. Sin que seamos clasificados por los colores de nuestras pieles y banderas. Las leyes de la Naturaleza, si son rectamente interpretadas, son perfectamente válidas como reglas sociales.

Algunas ideologías religiosas han servido a mentes torcidas como aglutinante justificador de barbaries. Huyamos del fanatismo y los fanáticos, porque, sean cuales fueren sus doctrinas y creencias, intentarán paralizar nuestra mente. No admiten otra orientación que no sea la suya. Si marchásemos todos tras las mismas ideas establecidas, sería el fin de las civilizaciones. La potencia del pensamiento estriba en su evolución constante.

Los poderes establecidos, conservadores de toda clase de privilegios, en sus respectivos países, son los que más se oponen a la mezcla de los pueblos. Porque, la aportación de savia nueva, conlleva la adopción de nuevas ideas. Y eso debilita el poder de lo tradicional.

Los intransigentes, los fanáticos, quienes sólo admiten lo establecido, renegando de todo lo nuevo, son el principal freno del progreso. Porque, ven en el cambio de mentalidades, una amenaza a su pretendido inmovilismo. Sin pensar que, lo que no se mueve, muere.

Castigar la curiosidad, es una de las primeras medidas que se le hace tomar a Dios, en la Biblia. Después de esa primera limitación a la expansión del individuo, se le pusieron vallas por doquier. Quizá la explicación a esta conducta religiosa, podamos encontrarla en el miedo al saber, al saber de los otros. Porque, siempre las ciencias ocultas se cultivaron entre la clase sacerdotal, desde la más remota antigüedad. Ellos, la élite consagrada, podían intentar saber, y conservar el conocimiento para sí. Los simples creyentes, no. Su privilegio era la ignorancia.

El progreso es hijo de la duda. No podemos aferrarnos a la memoria histórica. Hay que tener también capacidad de olvido y trasformación. No se puede sacralizar todo el pasado. La mayor parte del pasado humano, es prescindible. Ha sido un errar entre errores encadenados. Todos se reconocen progenitores de sus propios aciertos, mientras a los errores se los mira como hijos ilegítimos. La verdad no te encuentra, la buscas. Los mitos religiosos, derivados del de Pandora, metieron el miedo a saber, en el cuerpo de los creyentes. Se prefería la ignorancia, a conocer y discernir entre lo malo y lo bueno. La ignorancia total no produce dudas, sino miedos. Y eso ha sido aprovechado, siempre, por quienes medran, inculcando miedos a la gente. Miedos al presente, al futuro, o a la eternidad. Esa postura, derivada del mundo religioso, ha servido, también, como freno a toda investigación del saber. Querer saber no puede ser considerado negativo. Está en la base de intentar mejorar lo existente. Sin el deseo de saber, no existiría la investigación, dejaría de haber ciencia.

Las consecuencias siempre son larvadas, por aquellos que las incuban. Empiezo a fiarme de quienes dudan. La duda es progreso. Salir de la edad de piedra. En la que todo permanece estático e inmutable. Aunque no seamos santos, al menos nos queda algo de ingenuidad. La suficiente como para soñar con que se puede construir una unión equitativa de los pueblos. La Unión Europea está viviendo un sueño: queremos crear un mundo nuevo, aunque esté compuesto de materiales viejos, desechables casi, pretendemos reciclarlo. No será genial, pero puede ser práctico. Debemos sólo proseguir el camino emprendido. Aprovechando lo mucho bueno que todas las viejas culturas atesoran, al mezclarlo todo, se ve mejor qué es lo que va sobrando. Sobran, sobre todo, quienes se crean infalibles y tengan vocación de dominio exclusivo. Los errores siempre son individuales, los pueblos no se equivocan. Son conducidos al error y mantenidos en él, que es otra cosa. Las personas pueden transformar las instrucciones recibidas, usándolas para fines distintos a los indicados. Acoplando cosas dispares, terminan por hacerlas servir a un fin común. Para pensar mejor, es necesario liberarse de ataduras mentales. Debemos rechazar todas las limitaciones, impuestas por la costumbre.

Quien cree a un dirigente, por el hecho de serlo, necesita dioses, no suele ser crítico. Se lo prohíben las propias reglas impuestas por la tradición. Si le surgieran dudas, se sentiría culpable; lo achaca a su falta de fidelidad al dirigente. Eso es lo que ha aprendido: A no dudar de los superiores y a no dudar sobre la doctrina asimilada, aunque pueda ser inconsistente. No se admite la duda. Quien dudase, caería fuera del sistema, quedando excluido: Al dudar se incurre en pecado. Todo esto es la antitesis del pensamiento científico, que conduce al progreso, al conocimiento. En él todo es duda, razonamiento, estudio, análisis, comprobación. Concluyendo, sin certezas no hay religión, sin dudas no hay ciencia. Como mejor se extinguen los aspirantes a mártires por una causa irracional, es matándolos de aburrimiento. Es decir, no hacerles caso y que se extingan por sí mismos, mientras

enfrían sus sentimientos suicidas. La historia de la humanidad no es más que un relato sobre la adaptación del hombre al medio. Como hace todo ser vivo. Se experimenta y se aprende constantemente. Una parte de estas experiencias y conocimientos derivados, se transmiten a generaciones herederas. Los inadaptados desaparecen. El progreso científico y económico, la acumulación de conocimientos y bienestar por la Humanidad, comenzó cuando los científicos pudieron liberar a la ciencia de sus ataduras mágicas y la dictadura religiosa. Es bueno que Europa sea una amalgama de pueblos, donde no prevalezca, dominantemente, una creencia unificada. Los problemas del mundo se solucionan científicamente, no con especulaciones angélicas.

En ciencia no hay nada intocable. Todo se revisa, constantemente. En ella, las verdades no son eternas, tienen siempre algo de provisional. Se mantienen como certezas, hasta que se encuentra algo mejor. Ser sencillo es la cualidad que más nos acerca a lo auténtico. La sencillez es el signo de lo grande y los grandes. Sólo las verdades básicas permanecen. Los científicos forman parte de una cadena de sucesos. Continúan la labor del anterior y serán prolongados en el futuro, por sus sucesores. Imprescindibles todos. Desveladores de secretos.

Las religiones organizadas no podrían subsistir sin certezas imbuidas, sin creencias, sin fe. Lo que significa creer sin dudar, sin investigar, sin comprobar. Quien llega a esas verdades últimas, intocables, ya alcanzó el final de su camino. Quienes se creen dioses intangibles, terminan siendo exterminadores de disidentes. Nerón, Herodes, Hitler, Stalin, como los Grandes Inquisidores y sus incontables sucesores, pertenecen al mismo tipo de personas. Tendrían que ser borrados de la Historia. Quienes ganaron adeptos, eliminando a los que no creían en ellos, ni siquiera merecen ser recordados, cuando mueran. Su mal los borra.

Las verdades de tipo religioso, que pretenden ser absolutas, convierten a las religiones en conjuntos estáticos. Mientras la ciencia avanza, día a día. De ahí surgen las principales diferencias entre hombres de ciencia, de verdades trabajadas, y hombres de conciencia, de verdades infusas. Las creencias son privadas, la fe se siente de forma personal. Mientras, la ciencia es pública, transmisible, universal, demostrable. De ahí, de esa diversidad de lo considerado como verdades, parte la habitual reticencia a la aplicación de nuevas técnicas y conocimientos científicos, que muestran la mayoría de grupos religiosos. Pues, al derivar sus reglas de vida, de principios que estiman básicos en sus creencias, se resisten a flexibilizar mandatos inextricables, que consideran divinos, cuando, los nuevos conocimientos, puedan presentar el peligro de relegar sus principios. Ellos no buscan la luz, sino la oscuridad del más enmarañado misterio inexplicable. La verdad científica no nos viene revelada, como un baño de luz celeste, que nos inunda desde el cielo. Hay que descubrirla, capa a capa, poco a poco, día a día, año tras año. Es el resultado del trabajo de generaciones de investigadores. Cada uno avanza un paso, grande o pequeño, pero imprescindible, en el camino del saber.

Almacenar saber es la menos inútil de las acumulaciones. Cuando se necesita un dato, quien sabe dónde está guardado, puede usarlo. No hay saber inútil. Lo que sí puede ser no sólo inútil, sino dañino, es dedicarse a recordar datos negativos, de males y ofensas, porque, todo lo malo, si se tiene cerca, contamina.

La duda está siempre al comienzo de todo camino nuevo. Para avanzar hay que escoger, dudar. Quien crea haber alcanzado la meta, ya no avanza. Las dudas son creativas, sirven para mejorar lo existente. Sin búsqueda no hay hallazgos, descubrimientos. La ciencia no podría existir sin tener dudas, sobre todo.

Por eso, aún cuando la religión tenga mucho de política, pues asienta las bases de convivencia de las personas, también la política tiene mucho de religión, puesto que se basa en creencias aplicables al buen gobierno de los pueblos. No olvidemos que, en el comienzo de las civilizaciones, no hubo diferencias entre reglas políticas o religiosas, todas tuvieron un mismo principio: la reglamentación de la convivencia en la tribu.

En la actualidad, hay matices ineludibles, la religión está más dirigida al interior del individuo, a su conciencia. La política, si se dirigiese al individuo, lo hace más considerándolo un miembro de la sociedad, refiriéndose a su convivencia dentro del grupo. Ni un político puede gobernar aplicando reglas religiosas a la sociedad, ni un mandatario religioso puede servirse del poder civil para imponer sus creencias. Las cosas de la conciencia, no se pueden reglamentar con leyes civiles. Ni las sociedades civiles pueden ser movidas por temblores de conciencia. En la actualidad, hay aún demasiados políticos que mezclan la política con Dios, para ponerlo a su servicio, y demasiados religiosos con ansias de poder temporal. Olvidan que los tiempos de Babilonia, o los del Sacro Imperio, pasaron a la historia, afortunadamente.

Quien quiera reescribir la historia, ha de registrar, no sólo los resultados finales, sino sus consecuencias y antecedentes. Así adquiere sentido. Todo tiene un pasado. Hay que investigar los orígenes, raíces y causas. Los frutos no maduran sin el aporte de savia y un medio ambiente adecuado. Para poder extirpar las malas yerbas, hay que hacerlo de raíz. Pero, parece como si hubiésemos nacido ayer. Sin pasado. Nos lavamos el cerebro cada día, para borrar los malos recuerdos, que nos turban la conciencia.

Cuando leemos que algunas diócesis inglesas o americanas invierten sus sobrantes en acciones de fábricas de armamentos, parece que nos sorprende. Y es que, nuestra defensa contra la locura, está más en olvidar que en recordar. Si tuviésemos siempre presentes en la memoria, los momentos en que hemos visto traicionadas nuestras creencias, hace tiempo que la fe en aquellos que más se preocupan de transmitírnosla, se hubiera extinguido.

Las fotos de S.S. Pío XII, bendiciendo los cañones de Mussolini, todavía se pueden encontrar en las hemerotecas. No son una quimera de un mal sueño. Podríamos descubrir situaciones parecidas entre los sumo-sacerdotes de otras religiones. No se libran los grandes patriarcas de Moscú, poniendo la Iglesia Ortodoxa Rusa al servicio del gran genocida José Stalin. O el Gran Rabino de Jerusalén, azuzando a los judíos contra los palestinos. Y, ¿qué me dicen de los grandes ayatolaes musulmanes, inspiradores de guerras santas? ¿O de los obispos españoles, argentinos, dominicanos, portugueses, chilenos, filipinos, tailandeses, amparando bajo el palio del Santísimo a los criminales generales que gobernaron sus países? Queda bien patente que, la alianza de los poderes espirituales con el de los generales, da nacimiento legal al poder dictatorial total. Las experiencias no están lejanas en la historia.

Parece como si, la especialidad de algunas religiones, fuese la sublimación de la hipocresía. Se ha de respetar la vida, sí. Pero eso se refiere, preferentemente, a la vida de los creyentes propios. Los demás, los infieles, si son hostiles, sobran. O, ¿qué otra cosa han significado las Cruzadas, Yihads y Guerras Santas? Hoy día se renuevan las hostilidades. No puede vivir en paz, quien cultiva la guerra. Con la vara que mides, serás medido.

Las religiones expansivas, especialidad de las monoteístas, no han tenido nunca inconveniente en seguir los caminos abiertos por sus soldados. Primero hay que debilitar, o exterminar, al rival, para luego heredar sus bienes. Todos los grandes templos históricos, están construidos sobre las ruinas de templos anteriores, de creencias precedentes. Los lugares santos se heredan, histórica y sucesivamente. África, América, Asia, y Europa, tienen larga experiencia de estas incursiones sustitutivas.

Si nos molestásemos en ver los trasfondos de los más encarnizados conflictos actuales, hallaríamos, en todos ellos, disputas por la preeminencia de grupos religiosos. ¿Son necesarias todas estas guerras? Seguro que, al ciudadano no fanatizado, creyente de a pie, no le importa mucho, siempre que le respeten sus creencias, si el jefe de su gobierno se hace aconsejar de popes, rabinos, bonzos, pastores o sacerdotes. Pero éstos, probablemente, no piensen lo mismo. El calor del poder, protege del frío invierno exterior. Impedir la eclosión del libre pensamiento, es la labor que ejercen, de acuerdo, conjuntamente, todas las creencias absolutas. Pero, el humano es investigador, por naturaleza. Privar al ser humano de su intensa curiosidad, castigándolo por ella, es cercenar su humanidad, para devolverlo a su estado irracional. El miedo a la razón, es, especialmente, cultivado por los grupos ideológicos que tratan de mantener en un estado de esclavitud ideológica a sus fieles. Achacan el pecado de soberbia a quienes pretenden saber, investigar, razonar, crear, olvidándose de su propia hipocresía, que reviste de bondad inocente lo que es ambición desmedida. Dios nos libre de los supremos expertos en hipocresía y simulación teatral.

Los creyentes fanáticos están fuera de la lógica racional. Funcionan en su propio mundo de ideales insatisfechos. Una vez creada la obsesión por lo que no pueden satisfacer, si no lo consiguen, les asalta el complejo de culpa. Tras eso viene el autocastigo. La flagelación usada en algunas comunidades religiosas, como expiación por los deseos insatisfechos, puede llegar al victimismo. La conversión en mártir, es la salida más gloriosa para el obseso. Se puede decir que alguien ha vivido lo suficiente cuando afronta la muerte con serenidad y esperanza. A los caballeros cruzados, que morían matando, se les prometía el cielo.

Los muyahidines musulmanes, que mueren matando por su religión, creen que gozarán de lo mejor en el Paraíso. ¿Qué querrán prometer los jerarcas etarras a sus nuevos discípulos, para que acepten convertirse ahora en armas asesinas de un solo uso? ¿Tienen las llaves del cielo en sus manos? ¿Es la santidad del martirologio lo que van a buscar los nuevos asesinos etarras? No creo que, las informaciones difundidas sobre la disposición a morir matando de los nuevos terroristas vascos, estén más cerca de la verdad que otros mitos. Que también se difunden sobre todas las organizaciones cuyo funcionamiento interno desconocemos.

Por supuesto, la fanatización recae sobre quienes los adoctrinan. Por encima de los discípulos siempre hay maestros. Tengamos en cuenta que la inmensa mayoría de los etarras ha crecido en familias de acendradas creencias cristianas. Y respirado en un ambiente de irreales mitos nacionalistas.

Ya que el Yahvé del Éxodo es un Dios guerrero y vengativo, quizá quieran volver al cristianismo primitivo, donde se celebraba con alegría la muerte de los creyentes. La sangre de los mártires es semilla de cristianos. Pues ellos pasaban directamente a gozar de la presencia de Dios. Las religiones no alientan, regularmente, la violencia, pero la justifican, si les beneficia. No se perjudica a un mártir, por enviarlo al reino de los cielos. Quien muera luchando en defensa de sus creencias, conquista la posición de mártir. Y una entrada directa en el Cielo.

Si esta novedosa orientación del terrorismo etarra fuese cierta, sería que están llegando a una nueva forma de ceguera mística. Equivaldría a tanto como afirmar que llevan a cabo una especial guerra santa, contra los estados español y francés. En eso, sí pueden haber aprendido algo, los líderes terroristas vascos, de sus colegas musulmanes, en las prisiones. Reconvertir el terror en llave del cielo, es todo un arte. Veremos si encuentran jóvenes ingenuos, crédulos y creyentes, en número suficiente, para nutrir sus filas de mártires. Aunque, en nuestra civilización, los idealistas son los más propensos a caer en errores. Cuando se mezclan convicciones políticas con creencias religiosas, el resultado acaba siempre siendo el mejor fertilizante para obtener buenas cosechas en el macabro cultivo ideológico de los productivos campos de mártires. ¿Irán estos al Cielo, al Paraíso, al Nirvana, al Valhalla o al Limbo?

Hasta que no se llega a una total identificación con el Universo, no se logra la pura libertad, que es la esencia de la felicidad.

En Oriente, se dice que la comprensión conduce a la libertad. Para ser libre, se han de haber comprendido las verdades fundamentales, llegando a la iluminación y, por ésta, a la liberación.

No podemos admitir, porque todo indica en el sentido contrario, la eternidad incambiable de seres concretos, ya sean éstos materiales o espíritus. En el Universo, todo evoluciona, todo cambia. Como nosotros mismos. El orden universal viene dado por la causalidad, que compensa automáticamente todos los actos, buenos y malos. El bien engendra bien, el mal genera mal.

Se supone que las leyes cósmicas, regidoras de lo existente, no tienen un origen moral, sino físico. Con los mismos fundamentos de equilibrio que una balanza, acción y reacción, causa y efecto. Esa es la ley del Cosmos. Consecuente consigo misma.

Ética y moral no siempre son coincidentes. Sobre todo, teniendo en cuenta la enorme influencia que, los distintos códigos morales, tienen en los pueblos religiosos. Lo artificial deforma lo natural. Esto no obstante, subyacen unos valores comunes a todos, en la interpretación práctica de las reglas morales. Mientras las costumbres budistas, insisten en la desaparición de los deseos egoístas y el cultivo de la generosidad, la moral cristiana y, en general, la de todas las religiones surgidas de la Biblia, en su práctica diaria, parecen obsesionadas por los pecados de la carne. Que, en las religiones orientales, son mirados con cierta indulgencia. Ambas corrientes pueden convivir. La conciencia individual y la colectiva, no tienen por qué ser coincidentes.

Puede ser tan perjudicial la entrega incontrolada a los placeres de los sentidos, como las mortificaciones rigurosas. Que son causantes de sufrimiento. La paz se alcanza mediante un equilibrio centrado, que conduce a la eliminación del sufrimiento.

Las filosofías orientales insisten en que se ha de vivir intensamente cada momento, místicamente. Con desprendimiento, equilibrio, entrega y compasión. Y comprender el por qué de nuestras acciones, sin extremismos.

La inteligencia con la que ha sido dotado el ser humano, puede hacerle comprender que, si no hay equilibrio en la Naturaleza, no podrá haberlo en la Humanidad. Al hombre cabe la obligación de conservar lo heredado y mejorarlo. De forma global, universal, con previsión de futuro. Comprendiendo que, sin una visión total de la armonía, no es posible la existencia en la Tierra. Este equilibrio debe partir de nosotros, y extenderse por cuanto nos rodea. No sólo la Naturaleza en general merece una oportunidad, también el humano ha de tenerla. Ya que somos una parte, consciente de nuestra pertenencia a la Naturaleza. Nuestra labor de colaboración, con la misma, podría ser, averiguar hasta dónde podremos usar los recursos naturales, sin poner en peligro su equilibrio. Sin causar daños, ni a la Naturaleza, ni a nosotros mismos, como parte dependiente del resto de lo existente. Para sobrevivir, y mejorar nuestras condiciones de vida, hemos sabido adaptarnos a nuestro entorno, y adaptar el entorno a nuestro bienestar. Esto nos marca. Saber vivir es, saber participar, y saber compartir. No hay efecto sin causa.

La mayoría de las personas, con los años, acumulamos más grasas que sabiduría. Las ideologías asumidas, condicionan al hombre, limitándolo. Todas tienen fronteras. Bien es verdad que nadie puede ser objetivo, ya que cada cual ve el mundo con sus propios ojos. Pero, si a esto le añadimos la influencia exterior de alguna ideología, de las consideradas indiscutibles, los condicionantes que acentúan la estrechez de miras, se agravan. Los hombres religiosos, que intervienen en política, se contradicen. A no ser que consideren la religión como una forma de hacer política, lo que también es una trampa corriente. La religiosidad ortodoxa, se vive dentro del imperio del dogma, paradigma de lo estático. Mientras que, la política, debe ser la administración de la vida en comunidad, para todos. Aun cuando no sean afines. Lo que requiere movilidad ideológica, elasticidad, adaptación a lo vital. Y la vida es cambio constante.
La ignorancia, el rechazo, el odio y el egoísmo, son las raíces de casi todos los males que nos afectan. Y, no hay mayor generador de odios, que pretender ignorar la legitimidad de otras creencias. Quien presuma estar en posesión de la única verdad, es el más equivocado. Sólo que su egoísmo y autocomplacencia no se lo dejan ver. No en vano, la soberbia fue el primer pecado registrado en el Génesis, y sigue siéndolo entre quienes se creen elegidos. Generosidad, comprensión y compasión, son las claves para la convivencia.

Cada cual ha de andar su propio camino, nadie lo puede hacer por otro. No esperes que alguien lo haga por ti. Si buscamos la luz, la encontraremos. Dentro y fuera de nosotros. Si no avivamos nuestra luz, constantemente, quedaremos en las tinieblas. Los actos generosos crean concordia. El egocentrismo construye barreras.

Ejemplos de lo funesto que resulta el mezclar reglas políticas con dogmas religiosos, los vemos todos los días. No hay un solo conflicto armado, en el mundo contemporáneo, que no haya sido alimentado por odios religiosos. Los odios de los buenos, de quienes se creen buenos, son los más intensos, duraderos y destructivos. Porque, sus dirigentes, les hacen creer que sólo ellos defienden la Razón, y que son sólo ellos quienes luchan en el lado del Bien, de la luz, de la justicia, de Dios. ¿Desde cuándo es legítimo predicar el odio, en nombre de Dios? A quienes pretenden gobernar así en la Tierra como en el Cielo, entre tanta inmensidad, se les escapa un pequeño detalle: Considerar que la felicidad humana, hoy, aquí y ahora, es importante. Y esa se consigue sin luchas, asesinatos, ni acaparamiento de riquezas. El Cielo puede esperar.

Los héroes que, para serlo, matan, son asesinos con excusa. Ni más ni menos. Sin paliativos, ni justificación. A la gente se la ayuda con alimentos, trasvase de conocimientos, ingenieros, médicos y medicinas, no con bombas y militares.
Cuando consideramos los muertos de Argelia, Bosnia, Palestina, Gaza, Nueva York, Congo, Afganistán, Irak, Guinea, el Sahara,…, estamos hablando de la misma guerra. La de los intolerantes que se arrogan el derecho divino a matar. Quienes no tengan sus mismas convicciones, deben morir. Por mirar a la misma cara, del mismo Dios, desde un ángulo diferente.

En una escala de 1 a 10, ¿qué puntuación daríamos a los cruzados, kamikazes, muyahidines o guerrilleros del Che? Todos son guerreros por convicción. A mí que me conquisten con las charlas de Gandhi, el carisma del Dalai Lama, o las obras de la madre Teresa y Rigoberta Menchú. Ellos sí merecen ser calificados de luchadores por la paz. Hay formas de aportar justicia, sin matar.

Los fanáticos, fundamentalistas, idealistas intransigentes, endiosados, que no ven otra manera de extender sus ideas y poder, que exterminar a quienes no los aceptan como guías, sí que deberían ser puestos fuera de circulación. Porque van atropellando a la gente que no quiere ser clonada. Los exterminios sangrientos, tendrían que ser proscritos a la prehistoria. Los políticos conquistadores, han convertido sus convicciones en una nueva religión. Donde se ha de creer en la sapiencia, bondad e

infalibilidad de sus todopoderosos prebostes. Quien decide excluir del paraíso a quienes no tengan sus mismas creencias, es un sectario. Y, como tal se están comportando, las autoridades de medio mundo. Que, echan la culpa de todos sus males, a extrañas confabulaciones exteriores. Sin querer asumir que, el mal que los corroe, lo tienen dentro de sus propios cerebros. Llevan consigo la enfermedad congénita de dictadores e intolerantes. Que bloquea la %u2018libertad de pensamiento%u2019 en sus amañados manuales. No permiten disensiones ni libertades, porque ese sería el principio del fin del culto a su endiosamiento.

Algunos partidos políticos, funcionan como iglesias, con superior infalible incluido. Aplicar principios religiosos a la política, conduce a resultados absolutistas. Los grandes dictadores del pasado, fueron maestros en su manejo. Haciendo de la fe un instrumento político. El líder siempre tiene razón. Se ha de creer en él. Aún les queda algún que otro discípulo menor, entre los mandatarios hispanos. Bien asesorados por dirigentes religiosos, siguen impartiendo dogmas políticos, en universidades hispanoamericanas, con ínfulas de predicador místico. El inmovilismo es sólo contención, retención., que puede terminar en implosión. Llegando a destruir tanto a lo pretendidamente inmóvil como a sus allegados.

Quien se considera superior a cualquier otro, no ama a nadie más. Sólo se aferra a otros, para que sirvan a sus fines. Nada es inalterable, cuando todo fluye, todo cambia. Lo vivo y lo considerado muerto. Que sigue vivo, pues sólo está dando paso a otro tipo de vida, transformándola.

Los líderes autoritarios, suelen incitar a los adeptos a confesar sus faltas. Pues, la autocrítica es un acto de sometimiento, de humillación, ante el confesor todopoderoso. El principal mérito que las organizaciones de creencias hacen ante las autoridades civiles, es el de convencer a los ciudadanos de que deben mantenerse como borreguitos, ante los dirigentes. Obedientes, sumisos, y útiles a las autoridades. Y seguir proporcionando leche, lana y%u2026carne, a los pastores del pueblo. No se conforman con menos que el sacrificio total.

Hacerles ver a los subordinados que han incumplido sus obligaciones sobrevenidas, crea en ellos complejo de culpa. Y una mayor dependencia del líder y la organización que tiene el poder de perdonarlos. Crear en los fieles una serie de obligaciones morales, difíciles de cumplir, conduce al sumiso a un mar de dudas sobre su propio valor. Con la sensación continuada de estar siempre fallando. En las asociaciones autoritarias, nadie puede tener iniciativas, sino cumplir las órdenes de los superiores jerárquicos, sin transformarlas. Lo que implica una subordinación y deuda creciente con los santones de la organización, cuando se falla. Una vez se haya enraizado este sentimiento, tales organizaciones autoritarias tratan de cultivarlo. Como medio esencial para mantener al adepto siempre en sumisión. Como militantes, prefieren los autómatas, a los individuos pensantes. Si alguno cometiera falta, se obliga al trasgresor a la confesión comunal, ante sus compañeros, lo que lo expone a la vergüenza pública.

Todo este proceso no es inútil. Los primeros testimonios escritos de la práctica confesional, como medio de dominación, se encuentran en inscripciones de Asiría y Babilonia, datadas hace más de tres mil años. La Biblia los recoge. Así que su eficacia está bien probada. El fundamento mágico-religioso, psicológico, de la confesión parece ser el de tratar de borrar, oralmente, las transgresiones lamentadas. El poder está en la palabra, se supone. Posteriormente, mediante expresión de arrepentimiento, petición de perdón y cumplimiento de una penitencia, se trata de recomponer el mal hecho.

Tal creencia, en el poder mágico que la palabra pueda tener, sobre hechos realizados y sus secuelas, ha derivado, modernamente, en la psicoterapia. Quien confiesa, descansa. Y los confesores se llevan el mérito de haber recibido el peso de la culpa, liberando la conciencia del trasgresor. Con lo que el agradecimiento puede ser eterno. Hay muchas formas de atar fidelidades. Por cierto, se supone que el líder carece de faltas, por eso no las deja ver, ni las confiesa. Perdería el liderazgo.

A quien pretende erigirse en el Pastor Universal de todas las ovejas, no le gustan los balidos. Prefiere los balazos silenciados. Los traspuestos pisoteadores de humildes, servidores de poderosos, alaban su genio visionario. Sólo ellos.