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Religiones de Estado

Sunday, April 13, 2008

Las religiones institucionales, protegidas por el Estado, son siempre doctrinalmente jerárquicas; lo que forma una conciencia de aceptación, implícita, de la autoridad establecida. Esta mutua complicidad, explica la pervivencia tradicional de reglas, leyes, fiestas y costumbres, determinantes de recíprocas colaboraciones. Pero, cuando las organizaciones religiosas comienzan a actuar como si de partidos políticos se tratase, entonces, ni la política es política, ni la religión, religión. Si los jefes políticos coinciden con los religiosos, el conjunto se convierte en una teocracia. El régimen menos democrático y más falto de libertades ciudadanas que darse pueda. Nadie es dueño de su vida, sino una parte del todo. Donde sólo cabe la posibilidad de seguir la línea que marquen los gobernantes. Es el caso de todas las monarquías y dictaduras basadas, actualmente, en las leyes islámicas. Como también lo fueron las monarquías y dictaduras cristianas, en épocas no lejanas. Totalmente arcaicas, en las que los gobiernos no sólo gobiernan sobre los pueblos, sino sobre las vidas y mentes de sus componentes. Tales regímenes condenan a sus pueblos a vivir en un mundo totalmente desfasado. Retrocediendo al concepto global de la sociedad, contemplado en las sociedades orientales.

Según Confucio, ayudando a un hombre, se ayuda a toda la Humanidad. Si ayudas a tus próximos, a través de ellos se expandirá el bien, beneficiando a otros. Pues, el concepto que Confucio tenía de la Humanidad era global, unitario. Como si de un conjunto interdependiente se tratara. Aún admitiendo las diferencias entre los hombres, su individualidad, y el respeto debido a tales diferencias, consideraba a cada uno de ellos como una parte de un mecanismo, necesaria para que el total funcione. El mal estado de una pieza, en el todo, afecta al resto. Según esto, la Humanidad ha de considerarse como un todo indiviso. Muy probablemente con un origen común. Y, ciertamente, con un desarrollo universal, aunque no uniforme.

Un hombre, además de ser él mismo, es también una parte del todo, cual si fuese un reflejo de cuanto le rodea. Receptor, transmisor, emisor, en cuanto transformador de lo que recibe. La multitud y variedad de los textos clásicos, no deja duda acerca de la complejidad del fenómeno religioso. El historiador neutral, no puede evitar el ver la imbricación de unas teorías en otras. La cimentación, de las más modernas, sobre las ya aceptadas anteriormente. De forma que, cada nuevo concepto religioso, es una modificación, una suma y una resta, una sublimación, una nueva receta para viejos alimentos del espíritu, del alma, del ánima, de la mente, de la conciencia. Aportaciones adaptadas a la época de su nacimiento o madurez, hacen que tengan más o menos éxito en su implantación.

Hoy día, los medios de comunicación modernos, son capaces de realizar en pocos años la labor, de transformación y expansión, que, en otros tiempos, costaban siglos y batallas. Es muy difícil, imaginar que puedan haber surgido, todos ellos, de la misma mente, del mismo Dios, con idénticos fines. Bien es verdad que, la aparente contradicción de principios, puede no estar tanto en los libros sagrados mismos, como en la mente de quien los lee, con espíritu impuro. Al menos, eso afirman los correspondientes autonombrados Mensajeros de Dios. O sea, vemos contradicción en la apariencia, por no saber llegar al núcleo de la Verdad Única. Pero, es que, el camino hacia ella, debe ser realmente errático, difícil y abierto a pocas mentes.

Si bien, la existencia de textos fundacionales, ayuda a conservar la unidad doctrinal, su misma conservación, conlleva dificultades de aplicación al paso del tiempo. Dado que, las revelaciones expresadas en los textos sagrados, no se limitan a hablar de lo intemporal, de lo espiritual, del cielo y la moral, del alma, los ángeles y el Infierno, de cosas intangibles, sino que hacen incursiones de opinión en todos los estamentos de la vida diaria, teorizando sobre el origen, creación, formación, marcha y fin del mundo. Arriesgando todo tipo de opiniones. Cuando éstas quedan sobrepasadas por los descubrimientos científicos, han de ser revisadas. Así, lo que se pudiese ganar en coherencia doctrinal, se pierde en seguridad científica. Cuando el hombre ha sobrepasado los más audaces sueños de los alquimistas, alcanzando a transmutar elementos de la Naturaleza, o desplazándose por el espacio, no es sorprendente que las opiniones también cambien., porque los conocimientos se han multiplicado. De todas formas, una fe religiosa bien cimentada, aguanta el peso de las dudas científicas. Sobre todo, cuando su poder intemporal se apoya firmemente sobre el poder temporal de los estados. Aquí, las dudas se resuelven con autoridad.

No basta con mirar, hay que poder y querer ver. Las gárgolas que miran al cielo, no ven su inmensa belleza. Son y serán ciegas, eternamente. Con frecuencia olvidamos que el origen, la fuente mística, de las principales religiones monoteístas es común: La Biblia.

Nos puede parecer casi imposible que tantas variantes surjan del mismo manantial. En el Oriente Medio todo es posible. Fue, siempre, la tierra de la fantasía. Aunque, a pesar de los inmensos cambios que hayan podido sufrir las enseñanzas, algunas cosas permanecen como al principio de los tiempos: Religiosamente, siempre se considera que la mujer está por debajo del hombre. En todos los sentidos.

En una sociedad armónica, las reglas sociales deberían tender a beneficiar a la Humanidad en su conjunto, por igual. Sin distinciones de clases, sexos o etnias. Si Dios es el Señor del Universo, desde su distancia nos verá a todos iguales.

Una de las principales cuestiones que nos dividen actualmente es que las religiones antiguas nacieron, casi todas, como religión de un pueblo y al servicio de los hombres, miembros de éste. Las mujeres eran la parte supeditada de la sociedad.

Las reglas sociales, adquirían su legitimidad jurídica, si estaban de acuerdo con la religión imperante. Está claro que las reglas sociales, pensadas e impuestas por hombres, no igualaban sus derechos con los de la mujer.

En lo que tocaba a otros pueblos, se consideraba que, el Dios específico de un pueblo, había de ocuparse, preferentemente, de beneficiar a su pueblo. El resto de los humanos eran algo externo: hijos de los Hombres, no hijos de Dios. Esta mentalidad, selectiva y primitiva, subyace en su esencia doctrinal. Las peticiones formuladas en las oraciones habituales siempre piden beneficios para el Pueblo de Dios. El concepto de Humanidad como Unidad, era algo ajeno a la mentalidad de siglos pasados.

Cuando buscamos, con dificultad, razones para la justificación de nuestros pensamientos, quizá olvidemos que sus raíces son más antiguas y profundas que las del pensamiento actual.

La postergación de la mujer en la sociedad, viene de antiguo. Siempre fue más valorado el cazador que la cocinera. Sin caza previa, no hay asado.

En nuestra cultura, hemos bebido de la Biblia, directamente. Y ya ahí se nos dice que el origen del Mal, del Pecado Original, incluso del Trabajo como castigo, que tanto aborrecemos, estuvo en Eva. Como si Adán no hubiese tomado parte en el festín manzanero. Claro que, quizá nos aclare algo el saber que entre los cabalistas hebreos, el número femenino, por excelencia, era el seis. Con pronunciación y escritura siempre igual o semejante, en muchos idiomas, a la palabra ‘sexo’.Así, el seis se identificaba con la mujer, el sexo, y, consecuentemente, el pecado. En un revoltijo insano.

Tengamos en cuenta que los relatos bíblicos fueron, casi siempre, escritos por sacerdotes, hombres todos ellos. Sujetos a reglas muy severas en cuanto a la práctica del sexo. Con lo que éste se convierte en obsesión prohibida.

El correr del pensamiento masculino se ve en la ofuscación de considerar a la mujer como objeto prohibido, tentación constante, esencia y fuente de pecado. Ella era la provocadora. Para que veamos la estrecha relación que se le asignaba con el Averno, pensemos que el número considerado demoníaco por excelencia es el 666.Triple seis. Que, leído al modo cabalístico, cifra por cifra, no significa más que sexo, sexo, sexo. Algo, al parecer, diabólico, la raíz de todo mal. Sobre todo, para quienes, por voto, tienen prohibida su práctica. Con lo que reconvierten un instinto, el de la supervivencia de la especie, en obsesión pecaminosa. Ser mujer, entre tanto obseso, no debe resultar nada fácil.

Los científicos no hacen guerras, las investigan. Los creyentes sí. Cuanto mayor sea la obcecación de su creencia, más dispuestos están a matar a quien no piense como ellos. Dado que nunca podrán demostrar que sean los únicos en llevar razón, su salvación más cercana la encuentran, en la extinción del diferente.

Si se quiere paz en el mundo, deberíamos potenciar, al máximo, el estudio de las ciencias y la razón. Dando, a las creencias fanáticas, el lugar que les corresponde en la escala de valores civilizados: el que ocupan los sentimientos surgidos de los estados más primitivos de la mente.

Todos los enfrentamientos bélicos tienen por base al instinto de dominio. El cultivo de la razón y los conocimientos, nos harían más fuertes, más sabios y más justos. Gran parte del dinero que se gasta, excesivamente, en armas, fuera de toda razón lógica, debería destinarse a la mejora de los centros científicos.

Subvencionar las creencias es, básicamente, pagar para borrar todo lo aprendido por la Humanidad, en tantos siglos de enfrentamientos religiosos. Las verdades científicas pueden probarse, las ideológicas quedan siempre en la duda de lo opinable. Aprovecharse de la incertidumbre del ser humano, es exactamente lo contrario de “enseñar al que no sabe”. Pues, quienes prohíben pensar, fomentan la ignorancia, conduciendo a la raza humana al primitivismo eterno. No se ayuda, con ello, a salir de las tinieblas, sino que se fomenta el miedo a caer en una oscuridad mayor, si se abandonase la ignorancia presente.

A la luz se llega a través del conocimiento. Para encontrar un camino mejor, se ha de dudar sobre la rectitud del emprendido. Posiblemente, estemos dando vueltas alrededor de un punto muerto. A los irracionales hay que enseñarlos a pensar, antes de que aprendan a cambiar sus criterios. Cuando se demuestre que su pensamiento actual es mejorable.

Los científicos que pongan sus conocimientos al servicio de causas irracionales, pueden constituir el mayor peligro para la Humanidad en pleno. Y eso parece estar pasando en las grandes potencias mundiales. Que están concentrando todo su potencial científico en la consecución de armas, cada vez más peligrosas, con el solo objetivo de conseguir la preeminencia de un poder indiscutible, por terrible.

Hay un peligro mayor que la irracionalidad total de las creencias desbocadas y es: Que la ciencia se ponga al servicio de la irracionalidad, lo que constituiría el mayor peligro que pueda amenazar al ser humano.

Cuando nos hacemos preguntas, sobre algo que desconocemos, nuestra inquietud intelectual nos lleva a buscar respuestas. Y esto conduce a dos caminos de solución: la fantasía o la investigación. Si nos servimos de la imaginación pura y la inventiva, crearemos una fábula. Más o menos razonada, pero irreal. Estos son los relatos que, sobre el origen del Universo real, y sus dioses de fantasía, encontramos en todos los sistemas de creencias. Tan variados, en sus miles de versiones, como cualquier literatura fantástica infantil. Cuando, en vez de fantasear, tratamos de investigar y razonar, para llegar a la verdad, estamos creando ciencia. Indudablemente, el camino de la ciencia es más difícil, lento y complicado, que el de la fantasía. Cualquier pequeño paso adelante, en el camino de las ciencias, está cimentado sobre el trabajo arduo de anteriores investigadores del conocimiento. El hombre es su propio artífice. En él se hallan el origen, fin y causa de su formación. Todo su ser está, al tiempo, condicionado y es condicionante. Su norma de vida y circunstancias, dan base a la realización como individuo.

Hay quien hace los mayores esfuerzos, no para avanzar, sino para quedarse anclado en el tiempo. Aunque los ideales justificadores cambien, las personas autoritarias permanecen ejerciendo su poder asfixiante. Ellos quieren ser la ley y el estado.

Durante la primera Guerra del Golfo, el Emir de Kuwait dejó claras sus preferencias:”La democracia no es una prioridad en Kuwait”. Nuestras tradiciones no la incluyen como forma de gobierno. Contestó a preguntas de periodistas. Al menos para él, soberano absoluto, no lo era entonces. Y sigue sin serlo hoy, está claro. Los monarcas y gobernantes musulmanes, al parecer, no se deben a sus pueblos, sino a Alá, que los ha colocado en sus puestos. Así que son portadores de órdenes y derechos divinos. Los demás creyentes sólo tienen obligaciones.

En otro mundo, la inmensa Rusia, ha surgido un nuevo zar: Putin no se siente obligado a instaurar la democracia real en su país. Argumenta una excusa risible: “No hay tradición democrática en la historia rusa”. Y él no quiere cambiar la tradición autoritaria, desde luego. Le resulta más difícil crear una nación libre, que aniquilar la libertad limitada que soportan los rusos post-soviéticos bajo su tiranía. Los no leales, desaparecen, misteriosamente.

En la actualidad, el panorama político mundial está escaso de grandes hombres. Que vislumbren que las palabras libertad, generosidad, comprensión, compasión, no encierran peligros y debilidades, sino que son la fortaleza de los sistemas democráticos. Donde todos somos importantes para conseguir la armonía social y la felicidad personal. Los sistemas autocráticos, piramidales, aplastan con su peso a los débiles, en vez de ayudarlos a ser fuertes. No hay felicidad sin libertad.

Bush, el pretendiente a emperador tejano, está haciendo retroceder el concepto que en el mundo se tenía de la democracia americana. Al considerar prioritaria la seguridad de los gobernantes, en detrimento de la libertad, aplasta el ideal. Los ciudadanos del mundo son, ya hoy, menos libres que hace pocos años. Por tanto, tenemos menos motivos para ser felices.

Menos mal que Europa ha comenzado a moverse en la dirección opuesta. La solidaridad mutua está creando un espacio de libertad, de libertades, que nunca existió en tan gran medida. El excesivo respeto a las tradiciones, cercena el avance de los pueblos, e impide la independencia de pensamiento. Cuando se actúa en concordancia con los principios universales de respeto a nuestros iguales, se logra perfeccionar la libertad de todos. Esa es la esencia de la felicidad. Aún cuando estemos condicionados por nuestra naturaleza y entorno físico, siempre podremos gozar de libertad mental.

Primero, hemos de tener libertad para crear, la creación viene luego. Sin libertad, la mente se petrifica. El individuo, en libertad, ejerce la armonía de su propia naturaleza, consiguiendo la plenitud. La unidad de criterio, como bien supremo a conseguir, es un cementerio de ideas. La anulación del pensamiento, progresista y progresivo. El camino hacia las dictaduras está empedrado con las cabezas de los “disidentes”: Aquellos que osaron pensar por sí mismos.

Los partidos políticos no son iglesias, con dogmas inamovibles. Han de adaptarse al correr de los tiempos y a las necesidades de los ciudadanos. Un partido político no puede estar concebido como un ejército disciplinado, con el general en jefe a la cabeza.

Eso puede derivar, solamente, en la constitución de una dictadura militarizada. Donde la disciplina, la obediencia, el acatamiento, se convierten en leyes supremas, petrificantes de la sociedad. En ese ambiente, muere la creatividad y se agosta la felicidad individual, base de toda sociedad equilibrada. No puede construirse una sociedad feliz, si se oprime a sus componentes, los individuos. El resultado final es la suma de sus integrantes.

Si no tenemos más tropiezos para poner en práctica la bella teoría de la Unión Europea total, podremos mirar hacia el próximo futuro confiados. Importante es que no escuchemos a hombres fuertes, autoritarios, sino a los abiertos de mente, y firmes en su bondad.

Libros de interés, de Emilio del Barco:

De la hoguera al cielo. Ed. Artesanía Literaria. Gran Canaria (España) ISBN 84 - 95575 - 32 - 9
Magia religiosa. Ed. Artesanía Literaria. Gran Canaria (España) ISBN 84 - 95575 - 08 - 6

Cualquier principio religioso, tiene implicaciones sociales. Y al revés; las reglas sociales suelen tener justificaciones religiosas. Pero, en la actualidad, no se puede tratar a la sociedad civil como si de una comunidad religiosa se tratase. Sencillamente, porque eso está muy lejos de la realidad.

Los choques vienen, siempre, entre intolerantes. De uno y otro signo. Sean de la cultura que sean. Pero, quienes amparan sus propias razones bajo una denominación religiosa, utilizan esta palabra como escudo protector, que les exime de razonamientos. Sobre todo, si van en contra de sus intereses. Las razones religiosas se utilizan, en muchos casos, para eternizar derechos, haciéndolos inamovibles. La aplicación de leyes sociales, como si fuesen principios religiosos, participa más de la hipocresía, la ambición y la costumbre que de la justicia. Ciudadanos somos todos, creyentes, una parte. Los choques entre culturas, no son tanto debidos a las diferencias culturales en sí, cuanto a las diferentes mentalidades, formadas en principios religiosos heterogéneos, que, cada cual, siente como propio.

En las comunidades primitivas, la imbricación de ambos principios hace que se confundan. Formando la vida religiosa y la social un núcleo inseparable. Si los condicionantes sociales forman parte del individuo, los religiosos son considerados la esencia misma de su espíritu. Así, cuando unos y otros se confunden, como sucede en toda sociedad ancestral, al ser humano le queda muy poco espacio para maniobrar su libertad: la petrificación social se produce. Porque, quienes se benefician del poder, están más interesados en mantener la tradición que en innovar. Les interesa la continuidad.

Cuando el Papa Inocencio IV creó el Santo Oficio, en el año 1248, el mismo de la conquista de Sevilla por el rey Fernando I de Castilla, el gran matamoros, el poder de los cielos descendió a la tierra. De la amenaza abstracta del fuego eterno en el Infierno, tras el Juicio Final, se pasó a la muy concreta condena a muerte en la hoguera, a la sombra de las catedrales. El veredicto inapelable era emitido por unos monjes, tenidos por justos, sabios, e infalibles, con la supuesta ayuda de Dios. Moriscos, judíos y asimilados se echaron a temblar, con motivo. El precepto de Jesús, ‘ no juzguéis y no seréis juzgados’, pasó, de un plumazo, a la historia. Si hoy nos quejamos de fanatismos religiosos, ajenos a nuestra sociedad, no olvidemos nuestra historia.

Una de las grandes conquistas de este siglo, ha sido el conseguir aplicar, en la vida civil, el principio de libertad religiosa. Es decir, existe no sólo el derecho de ejercer cualquier religión, sino, también y conjuntamente, el de no practicar ninguna. Los principios de convivencia civil son perfectamente válidos para la convivencia humana. Y, en muchos casos, su aplicación destila más justicia que los principios atávicos, llenos de reglas y obligaciones, que fueron concebidos en otros tiempos, para otras sociedades. El desarrollo humano y social de las sociedades actuales, ha sobrepasado los principios religiosos, para convertirlos en derechos humanos, no sólo obligaciones.

La aceptación del diferente, no es más que un acto de buena voluntad, para comprender a los otros. Eso no implica una renuncia, sino una apertura y ampliación de la mente. Sin necesidad de renunciar a la propia ideología. La flexibilidad no es ruptura. La diversidad es variedad necesaria, no contrariedad implacable. El peligro no está tanto en las ideas en sí, como en el grado de inflexibilidad, de fanatismo, en la aceptación de otras creencias. El enfrentamiento entre dos distintas, sólo escribe paréntesis vacíos en la historia. Se rompe la continuidad cultural. Las luchas de poder no crean, sólo destruyen.

Quien no se adapte a su tiempo, está fuera de él. La vida continúa a su alrededor, pero su interior estará muerto, vacío.

Nadie puede pedir que el mundo se congele, a su conveniencia. La evolución continúa, en conjunto, sin pausa. Hacia la perfección de seres distintos, compatibles y complementarios. Ni las personas son inmutables, ni las instituciones eternas. A Dios gracias.

Que nadie cante la inmutabilidad y eternidad de sus creencias, porque las creencias, si están vivas, evolucionan. La vida es crisis constante, mutación. Lo muerto es lo no existente. Porque, incluso durante su disgregación material, un cuerpo considerado muerto, está lleno de vida, de otras vidas. La putrefacción de algo que fue, no produce la muerte, sino otras formas de vida.

Ningún espíritu permanece quieto. Abrir arcanos, investigar, dudar, es la principal misión del creyente laico. Para saber lo más posible, se ha de creer lo menos posible. El principal defecto de nuestro sistema de enseñanzas, no es lo que se enseña, sino lo que no se aprende. No aprendemos a pensar, a investigar, a deducir, a dudar. Se nos enseñan demasiadas “verdades” indiscutibles, de las que se han de aceptar sin dudar, para ser considerado miembro aceptable de la sociedad biencreyente. Ni siquiera bienpensante, porque pensar conduce a la duda. Si siguiésemos tapando ventanas de nuestra mente, para que no entren ideas nuevas en ella, conseguiríamos tener un cerebro que sirviese sólo para mantener nuestro cuerpo erguido, con ideas muertas, inexistentes. Volveríamos al estado irracional.

En las escuelas está el vivero de las creencias, donde éstas enraízan su poder. Quienes las enseñan, saben que, si pierden el predominio de la enseñanza primaria, sus teorías pierden vida. Por eso, todos los sistemas de creencias, tratan de dominar el sistema de enseñanza primaria. Inundar las mentes infantiles con sus ideas preconcebidas, es la meta. Dejan los cerebros preparados para no dudar de ellos, de por vida. Las ideas de castigos eternos, con los que se amenaza a quien dude, rellenan los cerebros con pesadillas, espíritus malvados y eternidades infernales. Si no dudas de ellos, te ofrecen un cielo azul, repleto de placeres angelicales. La condición para alcanzarlo parece sencilla: obediencia debida,…nada más, nada menos.

En el “no dudar” se pierden miles de científicos, filósofos, investigadores, innovadores. Lo principal para estos captadores enseñantes, es que todo siga igual, como les conviene a los inmovilistas hibernados. Por eso, todas las teorías fanatizadoras defienden “verdades” únicas, las suyas, sin evolución posible. Aunque el devenir diario, sin pretenderlo, vaya creando nuevas tradiciones y consolidando creencias de nuevo cuño. Nada es estable, nada es eterno. Todo lo vivo evoluciona, cambia, con las sumas y restas que el tiempo ajusta.

Una de las tendencias comunes a las religiones, que han sido, casi en su totalidad, fundadas por hombres, es su repetida y latente misoginia. Tanto la Biblia, en el Talmud, como El Corán o los Vedas, aclaran que, a igualdad de derechos, habrá de prevalecer la razón del hombre sobre la de la mujer. Esto se sigue reflejando en numerosas disposiciones prácticas de la vida diaria. La figura femenina, en la mayor parte de religiones, pasa a un segundo plano, aún cuando, nominalmente, se le reconozca una importancia destacada, en su papel de madre y esposa, siempre sacrificada, virtuosa y, sobre todo, obediente. De ahí no pasan. El monoteísmo, considera a Dios como un ser masculino. Y esto fija todas las demás jerarquías. Mientras, la vida sigue.

Los textos bíblicos, recopilados y reescritos a lo largo de casi dos mil quinientos años, como reflejo, en muchos casos, de relatos exteriores a la tradición judaica, son más un compendio histórico - literario - religioso, de orígenes diversos, que la obra de una sola mentalidad continuada. Aunque la homogeneización de textos haya sido máxima, tras la intervención rabínica, en los primeros siglos de nuestra era, se hace inevitable, con los nuevos conocimientos de escritos contemporáneos y anteriores, la comparación textual.

Finalmente, el texto masorético de la Biblia hebrea es el que ha sido admitido como definitivo. Quedando como oficial hasta nuestros días, dentro del Judaísmo. El Talmud, en sus diferentes versiones, fue compilado entre los siglos segundo y quinto de nuestra era, con algunas modificaciones en el séptimo. Pero, al haberse terminado de fijar los cambios tan tardíamente como en el siglo XII, después de Cristo, en plena Edad Media europea, nos encontramos, hacia atrás, con dos milenios de cohabitación de varios textos divergentes. Esto, indudablemente, ha conducido a frecuentes desacuerdos sobre la autenticidad o preterición de unos y otros.

Tanto las ceremonias religiosas como las sociales, si se sitúan fuera de su ambiente natural y de la conexión directa con las creencias, costumbres y contexto del pueblo que las sustenta, pierden su significado, quedando en vacíos gestos externos. No sucede lo mismo, cuando, quienes participan en la ceremonia, creen en su justificación y efectividad.

La extensión del Cristianismo en América, a través de la conquista, es un caso que no necesita explicación. Allá donde llegaron los ingleses, impusieron su visión religiosa de la vida, al servicio de la corona británica. Igual que hicieran los españoles en las tierras conquistadas por ellos con anterioridad. Otro tanto impusieron franceses, portugueses, holandeses, y cuantos llegaron. Al servicio de los distintos reyes y de sus correspondientes iglesias nacionales. No hubo excepción a la regla; la cruz y la espada fueron siempre compañeras. En esto, no se diferencian las distintas iglesias cristianas.

El Tratado de Tordesillas, (en 1494), repartiendo el Mundo en dos mitades, a beneficio de las muy católicas majestades de España y Portugal, es una vergüenza humanitaria histórica, apoyada y legitimada por la Iglesia Romana, de la que todavía no se ha repuesto la Humanidad. En principio, se alentó incluso la duda de que los oriundos del Nuevo Mundo pudieran pertenecer a la raza humana. Negando que tuvieran alma. Con lo que carecerían de derechos. Se intentó demostrar la imposibilidad de que, a tal distancia, pudieran ser descendientes de Adán y Eva. Eso liberaría a los conquistadores de las obligaciones debidas a los seres humanos. Ejemplos como el de Fray Bartolomé de las Casas, que, aún siendo el mejor, también tuvo esclavos, no abundaron. Desde el punto de vista legal de la época, era casi como tener un perro, se cotizaban según las razas. Por cierto, el de Fray Bartolomé era negro.

Las doctrinas, unas en el pasado y otras en el presente, han justificado siempre los sacrificios que pudieran hacerse a la mayor gloria de sus respectivos credos. Al parecer, si se mata en nombre de Dios, la muerte está justificada. Eso lo estamos viviendo en la actualidad, en varios credos, distintos y enfrentados, pero con raíces comunes. Mahoma también conoció la Biblia, interpretándola a su manera. Siguió en vigor la licencia para matar, en defensa de la fe.

El fenómeno de la lluvia puede traer abundancia a un pueblo, o arruinar las cosechas, si es inoportuno. En las civilizaciones más antiguas conocidas, es interpretado como la fecundación de la tierra por el cielo. De ahí la clasificación casi universal de la Madre Tierra y el Padre Celestial.

Vamos acercándonos a la comprensión de conceptos de otras épocas, con los nuevos conocimientos, mas nunca podremos entrar en la mente del hombre primitivo. Sencillamente, porque pasó sin dejar rastro de su pensamiento. Sólo nos quedan nuestras interpretaciones de los vestigios restantes. Así será, si así nos parece.

La conexión primigenia entre magia, política, religión, astrología y medicina, está clara en cualquier civilización que se estudie. Mantener unidos todos los conocimientos y autoridades, era una forma de acaparar y conservar el poder. La Edad Media europea puede servirnos de ejemplo. Las organizaciones religiosas atesoraron, en exclusiva, todos los conocimientos. Condenando al pueblo a la ignorancia. La lectura de libros era selectiva y restringida. Los escritos censurados, con estrictos controles de ideas y conocimientos. La cultura era un tesoro, que disfrutaban sólo los elegidos. Se impidió, activamente, la difusión del conocimiento.
Aún hay, en las sociedades tribales de vida primitiva, personajes que, como el mago, el brujo, el sacerdote, el chaman y el médico, se concentran en una sola persona. Hablar en nombre de los dioses, da un poder excepcional.

Tampoco es nada extraño, oír numerosos relatos de curaciones súbitas y hechos insólitos, atribuidos a personajes religiosos. En la antigüedad, y hasta hace un par de siglos, también se atribuían tales poderes a los reyes. La asignación religiosa a éstos, de conexiones con los dioses, presuponía la adjudicación de poderes extraordinarios, frente a la vida y la naturaleza. Quien fuese temeroso de Dios, debía temer a sus representantes, tanto políticos como religiosos. El poder nunca es inocente.

Todo cambia, todo avanza, todo se descompone, vive. Toda verdad, para ser efectiva, ha de adaptarse al nivel de conocimientos de quien la recibe.

Al leer textos antiguos, debemos tener en cuenta, siempre, que las afirmaciones hechas hace miles o cientos de años, no tienen una traducción inmediata y equivalente en nuestro tiempo e idioma. Los conceptos varían su valor, con la acumulación de conocimientos. Así, no podemos caer en el frecuente error de establecer escalas de valores, en otras épocas, por comparación con nuestros esquemas actuales.

Elemental es, considerar que ninguna religión, al menos que conozcamos, nació como sistema cerrado. Todas han ido evolucionando, dando nuevo significado a verdades que dejaron, con el tiempo, de serlo. La mayoría de los términos usados actualmente en religión, era desconocida a sus fundadores. Simplemente, porque aún no se habían acuñado. El pensamiento abstracto no es propio del hombre primitivo. Y, por tanto, el valor que damos en nuestros días a palabras y frases usadas en una época lejana de la Humanidad, está teñido, totalmente, de nuestros conocimientos, apreciaciones y mentalidad actuales. Con lo que falseamos, substancialmente, la evaluación original de su significado.

Los dioses cambiaron, con las condiciones de vida. El hombre primitivo no podía concebir que los rayos, truenos, tormentas y cualquier otra fuerza, energía, o función natural, actuasen por propia inercia secuencial. Las actividades más elementales, las atribuía a la acción de los supuestos espíritus internos de las cosas. En un estado más avanzado de pensamiento religioso, se asignó todo a la voluntad unívoca de un ser poderoso, que dominaba la parcela de naturaleza afectada. Así nacieron los dioses de los elementos. Thor, el dios escandinavo. Zeus, desde el Olimpo griego. Indra, en Persia y la India. O Júpiter, entre los romanos, arrojaban rayos a sus enemigos. El mismo Jehová, aparece rodeado de rayos y truenos en el Sinaí. Era totalmente normal que, en una época en que el hombre vivía en íntimo contacto con la Naturaleza, los dioses fueran los señores de ésta.

Proporciona más felicidad efectiva cualquier avance científico nimio, que toda la acumulación de conformidad producida por la ignorancia. La explotación supersticiosa de objetos, imágenes, situaciones, gestos, danzas, fuegos, yerbas, perfumes, ceremonias o invocaciones, tenidas por milagrosas, encierran un resto importante de las antiguas creencias animistas. Su uso, no sólo es ilógico, roza lo irracional. No es más, ni menos, efectiva una danza tribal, en honor de los dioses de la lluvia, para atraerla, bailada en medio de una selva, ante un fuego a cielo raso, que una ceremonia multitudinaria en el más lujoso templo que haya construido jamás la Humanidad.

Resulta altamente inmoral inducir a creer que tales objetos, situaciones e invocaciones, pueden salvaguardar de riesgos, catástrofes, o epidemias, por el simple hecho de haber sido bendecidos por un oficiante de alguna creencia determinada. Ese tipo de ceremonias, se ofician en numerosas religiones. Desde las más primitivas a las más sofisticadas. Pero la ciencia y el conocimiento no están en sus manos, ni en su mente. Sólo dominan, magistralmente, el arte de explotar el miedo a lo desconocido, que invade a todo humano, cuando se enfrenta a situaciones inesperadas. Confiando en su efectividad milagrosa, se induce al incumplimiento de las más básicas y efectivas medidas de precaución reales. Para entregarse a la hipotética acción de los poderes convocados. El milagro no lo realiza el objeto o ser venerado, sino la convicción del creyente en su efectividad. Las verdaderas fábricas de milagros están, hoy día, recluidas en laboratorios, centros de estudio e investigación. La esquizofrenia de los creyentes es que, aún cuando vean una cosa, se ven inducidos a creer otra. Eso debe producir sentimiento de doblez, hipocresía, falsedad, fracaso de los propósitos cimentados en el vacío, o un éxtasis total, carente de razones, producido por la absoluta confianza en lo sobrenatural. Básicamente, es un retroceso en el cumplimiento de los derechos humanos. Se priva a la gente de su derecho a dudar. Aprovecharse de la buena voluntad e ingenuidad de los creyentes, es propio de timadores. Las creencias no se buscan, se encuentran, en el ambiente social que nos rodea. La sumisión a ellas, produce atrofia del pensamiento. Quien cree, no piensa, no deduce, acepta. Pensar más allá de la creencia, implanta un sentido de culpabilidad. El creyente ha sido enseñado a pensar que, la infidelidad mental, es pecaminosa.

La orientación general continuada de las ideas religiosas es, en la actualidad, hacia el Sincretismo. La unión de credos, donde cada cual mezcla, a su manera, ritos, dogmas y creencias de diversa procedencia. Dando como resultado un nuevo producto. En un mundo cambiante y globalizado, las convicciones básicas de los adeptos a las macumbas y santerías americanas, aglutinan en sí una síntesis de credos y liturgias, procedentes de medio mundo, desde las más primitivas, a las más sofisticadas. Pudiendo representar, perfectamente, al Sincretismo vivo, en plena evolución, donde aún se iluminan las raíces de creencias tribales.

Incluso la Astrología, que siempre fue una mezcla de ciencia, empirismo, magia, y superstición, está volviendo a ser fusionada con religiones y seudo-ciencias. Astronomía y Astrología fueron, durante miles de años, la misma ciencia supersticiosa. Con derivaciones y fundamentos mágico - religiosos. En los albores del Renacimiento, con la resurrección del saber antiguo, se perfilaron netamente sus fronteras. Desde entonces, la Astronomía se limita a estudiar los fenómenos físicos del Universo. Mientras, la Astrología ha pasado a ser una pseudo - ciencia, plagada de misterios mágicos y supersticiones. Más relacionada, desde entonces, con pretendidos magos y echadoras de cartas. No olvidemos que los Reyes Magos, aunque no fuesen reyes, sí eran magos. Es decir, sacerdotes-astrólogos de la religión mesopotámica. Entre cuyas creencias figuraba la de que cada estrella es la personificación de un dios. De ahí su interpretación de que la visión de un meteorito significaba el nacimiento de una nueva estrella, es decir, de un nuevo dios. La fantasía no tiene fronteras.