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Utopías Maduras

Wednesday, July 15, 2009

Cuando las utopías maduran, se convierten en bellas realidades. Una vez nacidas, van madurando, hasta que les llega el momento de formar parte de la realidad. Convertir la indiferencia, o incluso el odio, en amor, no es imposible, aunque sí complicado. Hay que alimentarse de uno mismo, devorándose lo interno de nuestra personalidad, hasta producir nuevas ideas. Aunque el alimento pueda ser viejo, siempre nace algo nuevo. La autofagia intelectual es como la maduración del vino, que, una vez, fue mosto. El desarrollo humano brota fuera de creencias y preceptos. Como nueva rama del mismo tronco. Los enemigos se dejan fuera, para que no corroan nuestras entrañas. Los expulsamos de nuestro interior, con medias verdades y pequeñas mentiras. La libertad es una utopía. Nos la vamos forjando en el día a día. Siempre con límites. Internos y externos. Las opiniones cambian, evolucionan. No podemos estar seguros, hoy, de que, mañana, nuestras convicciones sigan incólumes. En modo alguno, podemos eludir el formar parte del género humano. Del reino animal, de la Tierra, del sistema solar, del Universo. El pensamiento sí es libre, puede fantasear cuanto quiera. Pero eso no cambia la realidad. Con esto quiero decir que, por mucha libertad de pensamiento que podamos arrogarnos, siempre estaremos condicionados por nuestra naturaleza y entorno.
Un conjunto del que formamos parte, y con el que nos movemos. Queramos o no. Es decir, gozamos de libertad dentro de unos límites. Siempre arrastrando la carga de nuestros condicionantes. En resumen, el libre albedrío es una utopía pesada.

Entre la utopía y la realidad, siempre habrá una distancia, pero, si no tendemos hacia lo ideal, nunca nos acercaremos a la utopía.

Las opiniones cambian, evolucionan. No podemos estar seguros, hoy, de que, mañana, nuestras convicciones sigan incólumes. Y, menos, que otros las valoren como lo hicimos nosotros. La cercanía no siempre ayuda a ver mejor. A veces, una cierta distancia, física o temporal, es necesaria para comprender los hechos. Existieron hombres poderosos, jefes de estado, gobernantes, místicos, filósofos, que han desaparecido de la historia, devorados por su propia pequeñez real. Cuando, en su tiempo, se tuvieron por grandes. Grandes mentirosos, en definitiva. Admirados en su tiempo, y denostados luego. Según va dejando, el tiempo, ver los intestinos de sus hechos.

El idealismo no excluye al pragmatismo. Las naciones que dejaron atrás su condición de repúblicas socialistas, de influencia y control soviético, no han dejado de creer en la utopía. Sólo que la han convertido en una utopía más cercana. La de convertir los problemas en soluciones. Dejando de ser soviéticas, en primer lugar. El paraíso soviético existió para los componentes del partido estatal y sus privilegiados servidores directos. Fuera de él, todo eran tinieblas y crujir de dientes: por la opresión, el miedo, el hambre y el frío. Ahora están aprendiendo a perder el miedo. Tras la caída del sistema soviético, están apreciando el valor de la libertad intelectual, como la mayor productora de bienestar humano.