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Libertades y Alegrías

Tuesday, August 5, 2008

Se olvidaron del Hombre, como persona. El comunismo clásico prescindió del individuo. Ese ha sido su fracaso. Interpretaron la teoría, haciendo a todos deudores de la sociedad, repudiando la entidad única e irrepetible de cada uno. Ese fue el arranque de la debacle. Tratar al hombre como masa, no es acercarse a su identidad, ni a sus necesidades. Antes que satisfacerlo como parte de la sociedad, se lo ha de satisfacer como individuo. Las teorías están para servir al Hombre; no es la sociedad la que ha de ponerse al servicio de las teorías.

El comunismo de Estado pasó a ser una teocracia pagana. Enemigo de la religión, porque ocupa el lugar de ésta, copiando lo peor. Su fe y su esperanza están puestas en los líderes, que han sustituido a los dioses. Desde la Edad Media, nunca se había mentido tanto, como cuando se hicieron las hagiografías grandiosas de sus caudillos. San Jorge y el Dragón tuvieron rápidamente sustitutos. Creadores inmaculados del nuevo orden sobre la Tierra. Portadores infalibles de la buena nueva proletaria. ¡Dios nos libre de los que hablan en su nombre! ¡Marx nos libre de sus fanáticos seguidores ortodoxos! Para llegar a una realidad admisible, se ha de concluir que teoría y vida real son dos cosas diferentes. Casi irreconciliables en la práctica.

La caída de los regímenes monolíticos, de derechas e izquierdas, es, más que otra cosa, la vuelta a la vida, el retorno del Renacimiento. La recuperación de los valores humanos, humanísticos, como base sobre la que ha de asentarse la Humanidad. ¡No nacemos siendo parte de una masa informe, sino de uno en uno! Y así permanecemos. La sociedad ha de servir al individuo, como el individuo sirve a la sociedad. Sin supeditación alguna, en ósmosis recíproca.

Toda sociedad, laica o religiosa, carente de elasticidad, de porosidad, de tolerancia, limita al individuo. Haciéndolo más infeliz y constriñendo, como bonsáis, su desarrollo personal. Cuando la perfección de la sociedad llega a ser un fin en sí misma, sacrificando la singularidad de sus componentes, en aras de la uniformidad y el orden, es que se alcanzó un estado de tumorización maligna, que habrá de ser extirpada.

Ser feliz, sentirse bien, tener ganas de reír, son estados deseables del Hombre. La sociedad que los coarta, está mal orientada en sus principios. Si un recuerdo tengo de los países que visité y en los que viví, en tiempos de dictaduras, es que, en ellos, predominaban los tonos grises, herrumbrosos y negros de las vestiduras. La tristeza del alma estaba institucionalizada. Era el culto al desánimo, a lo lóbrego, a lo misterioso y oscuro. De las caras oficiales, parecía estar proscrita no ya la risa, sino la sonrisa. Todo había de ser tomado en serio, todo había de ejecutarse según las normas establecidas. Y estas, cuando son impuestas, no dejan espacio para la alegría. ¡Mal se ríe uno, cuando una bota te pisa el cuello!