Go to content Go to menu

La Justa medida

Saturday, June 28, 2008

En España, las llamas del odio siguen encendidas. Nos han enseñado más a odiar que amar. Tenemos que aprender a ser ciudadanos, antes que creyentes de nuestras respectivas creencias. Nos imposibilitan amar lo nuestro, sin odiar lo de otros. Así, nunca habrá paz y comprensión. De los diferentes, somos más enemigos que rivales. Como si formásemos parte de etnias distintas o pueblos enfrentados. Es posible que tengamos demasiado cerca nuestros orígenes africanos. Hemos de aprender a ser ciudadanos de nuestro país, no sólo habitantes del mismo. Hasta en el aprendizaje de cómo ser ciudadanos de un país moderno, de rancia solera, tenemos más presente al rival que al ciudadano. de iguales derechos y obligaciones.

Todo lo convertimos en luchas de buenos y malos. Dando por supuesto que el grupo nuestro es el de los buenos. Ni una cosa ni otra. Somos humanos. Una mezcla de todo. Y, por tanto, reciclables. Podemos aprender a colaborar con quien piensa distinto a nosotros. Siempre tendremos algunos intereses comunes.
Una nación no la forma un conjunto de enemigos, sino de compatriotas. Tendremos algo que compartir, sin luchar por el todo o nada.

Somos amantes de los contrastes, más que de las mezclas amables. Nuestra alma es roja y negra, con manchas amarillas. No nos vemos representados en un cuadro amable, de armonías verdes, blancas, azules.

Lo nuestro tiene que ser, siempre, ardiente, y así nos va. De fuego en fuego. Nuestras fiestas son los toros y las fallas. Nos identificamos más con la muerte y la destrucción que con las armonías del vivir pausado y pacífico. Aunque quizá todo sea un carnaval, con caretas intercambiables.

Algo falla en la educación básica de nuestro pueblo. En nuestra historia se habla demasiado de guerras, héroes y muertos, pero poco de cultura y colaboración pacífica.

Tenemos que aprender a ser menos absolutos. A no dividirnos entre buenos y malos, para saber que todos somos capaces de estar en los dos extremos, o en ninguno. Necesitamos acostumbrarnos a concebir el fuego como alma del hogar y la fuerza como arma de construcción pacífica. Estamos demasiado imbuidos del conflicto entre el bien y el mal. Cuando la paz está en la mezcla de todos los principios. Nada es bueno o malo, por principio, sino en sus fines. Lo importante son las metas, no los puntos de partida.

Crear para destruir, me parece un concepto erróneo de la creación. Es preferible crear para perdurar. Debemos dar más valor a la continuidad, a la constancia, a la cotidianeidad, a la gota amable y perenne de bondad, que a la tormenta repentina de bondades explosivas, que desaparece como vino, del aire y hacia el aire. No es lo mismo desear la victoria propia, que la derrota ajena.