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Creación a la Carta

Thursday, April 24, 2008

Cuando se prescinde de la Ciencia, e incluso se la persigue y destruye como enemiga, quienes se sienten obligados a dar una explicación a sus actos, suelen tener una imaginación calenturienta. Propia de Las Mil y Una Noches.

Los dogmáticos son los peores enemigos de la verdad. Están condicionados por los límites estrechos de su pensamiento ilógico. La ignorancia es la creadora de la aceptación de todos los mitos. Los dogmas son un muro de contención puesto en el camino del progreso de las ideas. La ventaja de la Ciencia es que sus principios son demostrables. La Humanidad está interconectada a través de muchas más cosas que la fantasía de las palabras. La ciencia lo demuestra cada día. El análisis de genes no se equivoca. Y, sin embargo, en cada religión se relata la aparición del hombre sobre la Tierra de forma distinta, pormenorizada. Dando fechas y detalles , que se han demostrado, reiteradamente, como falsos. Pero, insisten en que sean considerados hechos históricos, aquellos que contribuyeron a implantarlos y recrearlos. Sirviéndose de ellos para justificar sus pretensiones a mayores derechos sobre la faz de la Tierra. Y a justificar su aspiración a posiciones privilegiadas en la estima de los dioses. Su amor a la literatura de fantasía y su despego por las ciencias, los ha dejado a la intemperie, desnudos de conocimientos e hinchados de pretensiones vacías. Dentro de nuestra línea ascendente de creencias religiosas, el pueblo judío pretende haber sido creado por Dios de forma singular. Algunas líneas de ultra-ortodoxos incluso defienden que Adán no fuera padre de la Humanidad en su totalidad, sino del pueblo judío en singular, hace pocos miles de años. En fin, al parecer, Dios hizo horas extras para ellos, en turno aparte. Los exquisitamente creados, rechazan mezclarse con el resto de las etnias humanas. Si hubiese más formación científica y menos fantasía literaria, no se oirían relatos tan singulares.

El hombre primitivo, al no encontrar explicaciones plausibles a las salidas y puestas de sol y a todos los demás fenómenos y misterios de la Naturaleza, en su desconocimiento, fue creando un mundo de fantasía, más o menos razonado, en el que adjudicó papeles diferentes a todos los fenómenos naturales. Los más impresionantes, como el Sol, los rayos, los truenos, fueron ocupando papeles principales en el gran teatro del mundo. En cuestiones de identificación con la Naturaleza, nos pueden dar lecciones la mayor parte de religiones tribales.

No es de extrañar que las más antiguas viejas divinidades estén, casi exclusivamente, relacionadas con elementos naturales, que, de alguna forma, impresionaban o afectaban poderosamente a los hombres de su época. La mente humana, en sus estadios más primitivos, no puede concentrarse más que en cosas que comprenda y le atañan directa e inmediatamente. Ello llevó a esa identidad de criterios de todos los pueblos, que comenzaron adorando al Sol, la Luna, las estrellas, al fuego, a los relámpagos, al trueno, a la lluvia, a los animales que les daban alimento, o a los que les inspiraban admiración y temor. Muchas tribus identificaban como sus antepasados a fieras o animales con los que guardaban una especial relación. Otros, como la Casa Imperial del Japón, se consideraban descendientes de la unión del Sol y el Firmamento. También los faraones egipcios contaban al Sol entre sus antepasados. Tuvo idénticas pretensiones el Gran Inca. En los Vedas, aparte de identificar a los planetas con distintos dioses, se dice que el Sol es la representación del ojo del Dios Creador, Brahma.
Al consolidarse el Zoroastrismo, o Mazdeísmo, en Persia y Mesopotamia, en el siglo séptimo antes de Cristo, se experimentó un cambio radical en la mitología del Oriente Medio, pues se comenzó negando legitimidad a todos los dioses antiguos de la zona, para poder defender la idea del Dios único, sabio y creador. La característica principal, que ha quedado transmitida, es la eterna lucha entre el Bien y el Mal; de la cual saldrá, al fin, triunfante el Bien.

La armonía, primero con nosotros, después con quienes nos rodean, y, finalmente, con toda la Creación, nos dará la paz. No la acumulación de bienes y arsenales.