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Libertad, Libertad

Wednesday, April 16, 2008

La base de la felicidad, de la creación, del progreso, es la libertad. Sin ella, el ser humano no es nada. Como un mono en una jaula. Cuando se carece de libertad, el deseo de alcanzarla consume todos los esfuerzos. Teniéndola, cada persona es responsable de sí mismo, su cuidador y mejor amigo.
Cada cual se realiza, llevando a la práctica sus tendencias naturales. El individuo, en libertad, consigue la felicidad, ejerciendo la armonía de su propia naturaleza. La identificación armoniosa del individuo con el Universo, es lo que le confiere libertad y felicidad.

Dada la relativa eternidad atemporal del Universo, y su continua metamorfosis, puede considerarse que la evolución es casi como una creación evolutivamente constante. En la que nada es lo que era, ni será lo que fue. Donde, la vida y muerte de los individuos, carecen de importancia, en el conjunto del Universo; pues son sólo un paso más, en el proceso de transformación. El tránsito mortal, es una continuidad, absoluta, de la vida. O sea, tanto la muerte es una consecuencia de la vida, como la vida lo es de la muerte. Una sucesión de estados, etapas de un mismo camino, a las que se va llegando, sin interrumpir el viaje. No hay principio ni fin definidos.

Hasta tiempos muy recientes, la libertad de pensamiento, estuvo proscrita religiosamente. La libertad individual, no es, precisamente, un término promovido por las organizaciones religiosas. Incluso se admitió y justificó, religiosamente, la esclavitud.

En la Biblia, se llega a recomendar no ser duros o injustos con los esclavos. Ahí se detiene el principio justiciero para con ellos. La esclavitud en sí, no se condena. Fueron necesarios los movimientos, políticos y filosóficos, derivados del Renacimiento y la Revolución Francesa, así como sus consecuencias posteriores, que desembocaron en los avances sociales del siglo XX, para remover los cimientos básicos del esclavismo. Del que aún quedan no pocos ejemplos, justificados religiosamente, durante siglos, como protección a los pueblos indígenas.

Desde las esferas religiosas de todo el mundo, se ha hecho siempre más hincapié sobre el sometimiento, la obediencia, la fe ciega, el respeto a las tradiciones, que en el avance de los pueblos, la libertad del individuo, o la independencia de pensamiento. Aún queda quien pretenda justificar hechos, como las separaciones de clases sociales y razas, o el vasallaje, blandiendo escritos religiosos de otros tiempos. La verdad es que la esclavitud, fruto de una época y sus circunstancias, no es ni siquiera discutida como ilegítima, en las páginas bíblicas o coránicas, sino, más bien, justificada. En cuanto al racismo y la estratificación de la sociedad humana, la impresión general que captamos es que los dioses fueron creados para su pueblo elegido, en cada caso, por encima de cualquier otra consideración. Sólo las doctrinas que, con posterioridad, modernamente, pretendieron universalizarse, para conseguirlo, debieron hacer el gesto de eliminar barreras entre los hombres.

Por otra parte, sabemos que, en modo alguno, podemos eludir el formar parte del género humano. Del reino animal, de la Tierra, del sistema solar, del Universo. Pero, también tenemos el poder de imaginarnos que somos independientes de todas nuestras limitaciones. El pensamiento sí es libre, puede fantasear cuanto quiera. Aunque eso no cambie la realidad. Con esto quiero decir que, por mucha libertad de pensamiento que podamos arrogarnos, siempre estaremos condicionados por nuestra naturaleza y entorno. Un conjunto del que formamos parte, y con el que nos movemos.

Queramos o no. Es decir, gozamos de libertad dentro de unos límites. Siempre arrastrando la carga de nuestros condicionantes. Casi podríamos concluir diciendo que el libre albedrío resulta ser una utopía limitada. Libres, pero menos. Y eso no es malo. Seguimos siendo humanos.