Go to content Go to menu

Filosofías Naturales

Wednesday, April 16, 2008

La duda siempre es fecunda. Produce certezas, o más dudas. Las creencias no se buscan, se encuentran. El espíritu personal va evolucionando a través de los conocimientos adquiridos. Y, ostensiblemente, de forma acelerada en las sociedades más cultas. La acumulación de conocimientos produce, consecuentemente, acopio de avances. La mente nunca es estática. Consciente o inconscientemente, cada vez hay menos diferencias nacionales en la formación y aspecto de las personas, a través del mundo. La movilidad produce cambios, diferencias, y nuevas mezclas. Siempre en busca de la perfección. Y esto, debido, de forma clara, a la intensificada comunicación entre los pueblos, a todos los niveles. Bienvenidos sean los cambios y mezclas, eso es evolución en marcha.

Al cambiar los sistemas, cambian los hombres y viceversa. El mundo funciona con ideas, quien expanda las suyas, hace predominar sus propios valores. Lo que hace parecer que algo sea perfecto es sólo su exactitud, su armonía, su sencillez, su naturalidad. Lo perfecto no evoluciona. Pero, ¿qué es perfecto? Lo natural marca la pauta. Pero lo natural no es estático. Lo natural en la Naturaleza es su cambio continuado. Si analizamos, para que el hombre haya llegado al concepto abstracto de dios, ánima, o espíritu, ha de haber pasado mucho tiempo pensando, teniendo muchas dudas e infinitos cambios de conceptos. Lo que indica la imperfección de lo concebido. Lo perfecto es lo más simple. El Hombre, antes de llegar a la imaginación de seres incorpóreos, inmateriales, independientes de la materia, abstractos, tuvo que alcanzar un cierto desarrollo intelectual. Usamos aquello que nos es útil. Pero el mismo concepto de lo útil, cambia. Según las personas y los tiempos.

Que el hombre se haya aficionado a la cercanía de los animales, tiene una raíz egoísta. Se sirve de ellos. Como protectores inconscientes de la salud y el bienestar humanos, no está mal que sean, a su vez, protegidos, cuidados, alimentados. Porque, con ello el hombre busca mayor bienestar para sí mismo. La ecología es la sublimación de lo útil.

No amamos todo lo natural. A los animales que nos son útiles, los transmutamos, buscando una mayor utilidad. A los animales poco amables, poco útiles, el hombre no sólo los aleja de sí, sino que los extermina, si puede. Y, en las religiones antiguas, se los relaciona con espíritus malvados. Que se han de exterminar. Se parte de lo próximo, para llegar a lo lejano. Para pueblos que vivieron en desiertos africanos, se comprende que las serpientes sean consideradas malignas. La serpiente, en la Biblia, es el animal maldito, representa a Satanás, se peca al tocarla. A la serpiente se la condiciona como maldita por Dios, describiéndosela como el más astuto de cuantos animales había hecho el Señor sobre la Tierra. Aún cuando, biológicamente, los pobres, repelentes reptiles, apenas si tienen el cerebro suficiente como para reproducirse y mantenerse con vida. Poca masa gris les queda libre para ocuparla en astucias y enredos. Y están en la base de nuestra genética. Muy alejados, por millones de procesos evolutivos, pero ahí siguen. Son nuestras raíces. Toda su astucia y supuesta malignidad, es lo que necesitan emplear para procurarse alimento. Y defenderse de sus enemigos. Eso es todo. Ahí acaban sus intrigas y malicias. Al final, el animal más maligno es el hombre. La volución sorprendente de nuestro cerebro, ha magnificado tanto nuestros instintos egoístas, como las buenas tendencias que podamos haber desarrollado. En el principio existencial sólo hay egoísmo, supervivencia.

La clasificación, puramente moral, no natural, de las serpientes, las ha convertido en objeto de numerosas leyendas de maldad. Y esto ya a partir de los primeros momentos de convivencia cercana.

Significan el pasado, lo que hemos dejado atrás, lo que no deseamos ser. Por eso no las queremos