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Religiones de Estado

Sunday, April 13, 2008

Las religiones institucionales, protegidas por el Estado, son siempre doctrinalmente jerárquicas; lo que forma una conciencia de aceptación, implícita, de la autoridad establecida. Esta mutua complicidad, explica la pervivencia tradicional de reglas, leyes, fiestas y costumbres, determinantes de recíprocas colaboraciones. Pero, cuando las organizaciones religiosas comienzan a actuar como si de partidos políticos se tratase, entonces, ni la política es política, ni la religión, religión. Si los jefes políticos coinciden con los religiosos, el conjunto se convierte en una teocracia. El régimen menos democrático y más falto de libertades ciudadanas que darse pueda. Nadie es dueño de su vida, sino una parte del todo. Donde sólo cabe la posibilidad de seguir la línea que marquen los gobernantes. Es el caso de todas las monarquías y dictaduras basadas, actualmente, en las leyes islámicas. Como también lo fueron las monarquías y dictaduras cristianas, en épocas no lejanas. Totalmente arcaicas, en las que los gobiernos no sólo gobiernan sobre los pueblos, sino sobre las vidas y mentes de sus componentes. Tales regímenes condenan a sus pueblos a vivir en un mundo totalmente desfasado. Retrocediendo al concepto global de la sociedad, contemplado en las sociedades orientales.

Según Confucio, ayudando a un hombre, se ayuda a toda la Humanidad. Si ayudas a tus próximos, a través de ellos se expandirá el bien, beneficiando a otros. Pues, el concepto que Confucio tenía de la Humanidad era global, unitario. Como si de un conjunto interdependiente se tratara. Aún admitiendo las diferencias entre los hombres, su individualidad, y el respeto debido a tales diferencias, consideraba a cada uno de ellos como una parte de un mecanismo, necesaria para que el total funcione. El mal estado de una pieza, en el todo, afecta al resto. Según esto, la Humanidad ha de considerarse como un todo indiviso. Muy probablemente con un origen común. Y, ciertamente, con un desarrollo universal, aunque no uniforme.

Un hombre, además de ser él mismo, es también una parte del todo, cual si fuese un reflejo de cuanto le rodea. Receptor, transmisor, emisor, en cuanto transformador de lo que recibe. La multitud y variedad de los textos clásicos, no deja duda acerca de la complejidad del fenómeno religioso. El historiador neutral, no puede evitar el ver la imbricación de unas teorías en otras. La cimentación, de las más modernas, sobre las ya aceptadas anteriormente. De forma que, cada nuevo concepto religioso, es una modificación, una suma y una resta, una sublimación, una nueva receta para viejos alimentos del espíritu, del alma, del ánima, de la mente, de la conciencia. Aportaciones adaptadas a la época de su nacimiento o madurez, hacen que tengan más o menos éxito en su implantación.

Hoy día, los medios de comunicación modernos, son capaces de realizar en pocos años la labor, de transformación y expansión, que, en otros tiempos, costaban siglos y batallas. Es muy difícil, imaginar que puedan haber surgido, todos ellos, de la misma mente, del mismo Dios, con idénticos fines. Bien es verdad que, la aparente contradicción de principios, puede no estar tanto en los libros sagrados mismos, como en la mente de quien los lee, con espíritu impuro. Al menos, eso afirman los correspondientes autonombrados Mensajeros de Dios. O sea, vemos contradicción en la apariencia, por no saber llegar al núcleo de la Verdad Única. Pero, es que, el camino hacia ella, debe ser realmente errático, difícil y abierto a pocas mentes.

Si bien, la existencia de textos fundacionales, ayuda a conservar la unidad doctrinal, su misma conservación, conlleva dificultades de aplicación al paso del tiempo. Dado que, las revelaciones expresadas en los textos sagrados, no se limitan a hablar de lo intemporal, de lo espiritual, del cielo y la moral, del alma, los ángeles y el Infierno, de cosas intangibles, sino que hacen incursiones de opinión en todos los estamentos de la vida diaria, teorizando sobre el origen, creación, formación, marcha y fin del mundo. Arriesgando todo tipo de opiniones. Cuando éstas quedan sobrepasadas por los descubrimientos científicos, han de ser revisadas. Así, lo que se pudiese ganar en coherencia doctrinal, se pierde en seguridad científica. Cuando el hombre ha sobrepasado los más audaces sueños de los alquimistas, alcanzando a transmutar elementos de la Naturaleza, o desplazándose por el espacio, no es sorprendente que las opiniones también cambien., porque los conocimientos se han multiplicado. De todas formas, una fe religiosa bien cimentada, aguanta el peso de las dudas científicas. Sobre todo, cuando su poder intemporal se apoya firmemente sobre el poder temporal de los estados. Aquí, las dudas se resuelven con autoridad.